viernes, 11 de marzo de 2011

Pensando de manera económica

Una gran parte de la microeconomía consiste en el estudio de la manera en que eligen los individuos en condiciones de escasez.

Debe verse la escasez como un problema que siempre está presente, pues aunque tengamos abundancia de ciertos recursos, siempre habrá escasez de otros recursos importantes (ya sea tiempo, energía, capacidad física, habilidades, etc.).

Por ejemplo, cuando vamos a ver una película al cine, no es solo el precio de las entradas el que nos impone limitaciones, sino el tiempo. Si no disponemos más que de unas cuantas noches libres al mes, ir a ver una película significa no poder salir con los amigos, o tal vez perderse el resumen de goles de la semana, no poder salir a cenar con la familia, o en general, no poder hacer otra actividad. Aunque en este caso el dinero no cambie de manos, no por eso es menos económica nuestra decisión.

En toda decisión hay en mayor o menor medida un problema de escasez. Algunas veces la escasez de recursos monetarios es la más importante, pero no lo es en todas las decisiones. Hacer frente a uno u otro tipo de escasez constituye la esencia de la condición humana.

Veamos cómo podría aplicarse la teoría económica a toda una variedad de decisiones en las que hay un problema de escasez.

Enfoque de las decisiones basado en el Análisis Costo/Beneficio

Los economistas responden a esas preguntas comparando los costos y los beneficios de realizar la actividad en cuestión. La regla que utilizan es sencilla: si B(x) > C(x), debe hacerse “x”; en caso contrario, no.

Dónde:

C(x) representa el costo de hacer “x”

B(x) representa los beneficios de hacer “x”

Para aplicar esta regla, es necesario definir y medir de alguna manera los costos y los beneficios de una actividad determinada. Los valores monetarios constituyen un útil común denominador para este fin, incluso cuando la actividad no tiene relación alguna con el dinero. B(x) es la cantidad monetaria máxima que estaríamos dispuestos a pagar por hacer “x”. A menudo se trata de una magnitud hipotética, la cantidad de dinero que estaríamos dispuestos a pagar si tuviéramos que hacerlo, incluso cuando el dinero no cambie en realidad de manos. C(x), por otra parte, es el valor de todos los recursos a los que debemos renunciar por hacer “x”. En este caso, tampoco tiene por qué entrañar una transferencia de dinero.

En la mayoría de las decisiones, no es fácil expresar algunos de los beneficios o de los costos en términos monetarios.

Para ver qué se hace en esos casos, veamos el siguiente ejemplo:

Nos encontramos sentados en un muy cómodo mueble y estamos viendo nuestro programa preferido en la televisión, y llega el momento de los comerciales, lo cual es normal y estamos acostumbrados a sobrellevarlos, pero desafortunadamente no es cualquier comercial, es justamente ESE COMERCIAL, el que por motivos diversos nos irrita o perturba, ya sea por el producto que auspicia, o por su misma presentación.

Pero no es un problema serio, solo debemos cambiar de canal por un momento, un zapping para entretenernos hasta que acaben los comerciales. En nuestra comodidad buscamos el control remoto yyyyyyy….nada. No está.

Ahora, debemos decidir si nos levantamos y cambiamos manualmente el canal o nos estamos quietos, inmersos en nuestra comodidad y vemos (muy posiblemente de mala manera) el famoso comercial.

El beneficio (B(x)) de cambiar manualmente de canal es no tener que ver ese comercial que tanto nos desagrada. El costo es la molestia (pérdida de comodidad) de tener que levantarnos del mueble. Si estamos muy cómodos y el comercial sólo es algo molesto, es más probable que no nos levantemos del mueble.

Incluso cuando se trata de sencillas decisiones como esta, es posible expresar los costos y los beneficios relevantes en términos monetarios. Consideremos, en primer lugar, el costo de levantarse del mueble. Si una persona nos ofreciera 10 centavos por levantarnos del cómodo mueble y si no hubiera ninguna otra razón para hacerlo, ¿aceptaríamos la oferta? Seguramente no la aceptaríamos; pero si nos ofrecieran S/. 1000, nos levantaríamos al instante. Nuestro precio de reserva, que es la cantidad mínima por la cual nos levantaríamos del mueble, se encuentra entre 10 centavos y 1000 nuevos soles.

Para ver donde se encuentra esa cantidad mínima, imaginemos que realizamos una subasta mental con nosotros mismos en la que vamos subiendo poco a poco la oferta comenzando por 10 centavos hasta que llegamos a un punto en el que apenas merece la pena levantarse. El lugar en el que se encuentre ese punto dependerá, evidentemente, de las circunstancias. Si somos ricos, tendera a encontrarse en el lugar más alto que si somos pobres, ya que en ese caso una cantidad dada de dinero parece menos importante; si nos sentimos con fuerzas, se hallará en un lugar más bajo que si estamos cansados; y así sucesivamente. Supongamos, para facilitar el análisis, que nuestro precio de reserva por levantarnos de la silla es de 10 nuevos soles. Podemos realizar una subasta mental parecida para averiguar la cantidad máxima que estaríamos dispuestos a pagar a una persona para que cambie de canal. Este precio de reserva mide los beneficios de cambiar de canal. Supongamos que es 7 nuevos soles.

Según nuestra regla formal de decisión, tenemos que:

X = “cambiar de canal”

B(x) = 7 nuevos soles

C(x) = 10 nuevos soles

Ya que B(x) < C(x), significa que debemos quedarnos sentados. Ver el comercial será desagradable, pero menos que levantarse. Si fuera al contrario tendríamos que levantarnos y cambiar manualmente el canal. Si B(x) y C(x) fueran iguales, nos daría igual a cualquiera de las dos decisiones.

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